Semblanza del artista
Madrid,
año 1968. El artista inaugura una exposición en homenaje al poeta Federico
García Lorca en la sala de una iglesia protestante. Se ha creado un magnífico
ambiente con la lectura de poemas del “Romancero gitano”. Entre las opiniones
suscitadas ante la contemplación de unas cuarenta y cinco obras por numeroso
público, recuerdo con cariño la del relevante pintor extremeño Godofredo Ortega
Muñoz, paisajista austero y austera su figura, que rescatándome del
ensimismamiento y de la vanagloria, me hizo reflexionar xon sus sencillas
plabras llenas de candor aunque no exentas de ironía: "Es evidente que estás
buscando la Verdad y lo haces con los pinceles, pero ...¿por qué no pintas una
patata en un plato blanco y dejas que el espectador encuentre el mensaje de la
sinceridad de los objetos pintados?".
Tenía
veintitrés años y en España pasaban cosas que mi natural romántico sublimaba.
No muy lejos, allá en París, aunque la distancia política e ideológica era
inmensa, se movía la revolución cultural, llegándonos a nosotros lejanos ecos.
Picasso y Chagall arbitraban el arte en el mundo, aunque aquí estaban
prácticamente proscritos. En la universidad se celebran escondidas asambleas,
con alas de libertad reprimida.
Leía con vehemencia a los nihilistas, escribía escabrosas poesías y algo de
teatro con aires intelectuales. Pero me consideraba artista ante todo, con
óptica de esteta para cualquier aspecto de la vida. Naturalmente eran mis gurús
espirituales y artísticos los componentes expresionistas de "El Puente" y de
"El Jinete Azul", y a la vez que leía a Nieztche, a Hengel, a Marx y a Herman
Hess, me embriagaba con las teorías plásticas de Mun y de Nolde, de Kandisky y
de Kokoschka. Pronto apareción Feininger en mi personal panteón de ídolos
pictóricos.
Pasaron
los años velozmente, entrando en España la democracia y un aluvión de modismos
estéticos, muchos de ellos sin consistencia ni calidad.

Seguía
obsesionado con la pintura de mensaje, influenciado como estaba por escritores
de la Generación del 98 y del 27. Así pinté con los poemas de Antonio Machado,
de Miguel Hernández, de Vicente Aleixandre. Había abandonado el color puro para
abocar en los tierras, los ocres y los grises. Me serené con la poética de
Tagore y pinté la Soledad. Pero intuía que el arte era un instrumento y no un
fin en sí mismo.

Aparecían
en mis cuadros, frecuentemente murales, paisajes desolados, áridos y tristes, y
niños, infantes perdidos pero decididos a encontrar algo: crios impertérritos,
ajenos al árbol esteril y desnudo, a las ruinas, al vértigo, a los temporales.
La soledad existencial se cernía sobre mi quehacer plástico, en el lienzo y en
la piedra, a la vez que escribía al Silencio, a la Piedra y al Agua.

Comenzaron
a abrirse mis cielos, irrumpiendo la luz a raudales. "Las piedras inevitables,
antes sobre agua imposible, se elevan e ingrávidas flotan sobre multitudes
incomunicadas, sobre un hombre solo, sobre tres caminantes, sobre nada y sobre
todo." Es mi época metafísica, de avidez de Ortega y de Kant, de Kafka y de
Pauwels, descubrí al pintor Zobel y a los artistas cinéticos. Me entusiasmé con
Giacometti y con las esculturas de la fecundidad neolíticas. La cosmología y la
física me fascinaban. Ya estaba lejos el subrealismo y desde luego del
expresionismo, refugiándome en la "Realidad fantástica", que como movimiento
cultural me ofrecía obvias ventajas, además de una mística y un lenguaje a mi
medida. "Ahora los hombres son piedras, las piedras son hombres. En una
simbiosis metafísica el reino animal se transmuta en mineral, para transcender
después."
La
soledad telúrica es invadida por escatologías mágicas, con textos rimados,
donde todo se trastoca y se mezcla, desde la mística de San Juan de la Cruz, el
excepticismo de Renan y de Voltaire, la alquimia y lo esotérico, la filosofía
védica y el estoicismo griego. Escribo un largo poema en torno al Guernica de
Picasso. Y pinto frenéticamente ante público con música barroca, con
recitaciones sonoras. Necesito, para pintar o esculpir a Mozart, a Bruck, a
Maler. Monteverdi me inspira con sus óperas barrocas y sus oratorios. Emergen
figuras humanas de entre nubarrones, de entre cortinas escenográficas pintadas
con pinceladas largas y pastosas, y bajo sus pies, en difíciles escorzos
subsisten las vaguedades paisajísticas.
Comienzo
el poema de la Piedra y simultáneamente, dibujo bocetos para posteriores
esculturas y murales al fresco. Fundo El Galeón, un proyecto sociocultural, con
filosofía propia, redactando el primer manifiesto de la Asociación, con claras
connotaciones de la "Realidad fantástica". Y con esta asociación presento
proyectos de arquitectura urbanística, monumentos, exposiciones plásticas,
musicales y poéticas. Escribo cuentos fantásticos y monto escenografías y Arte
Total, donde trabajo con actores, bailarines, música, escultura, pintura
cinética y pirotecnia. En algunos proyectos cuento con el apoyo y el patrocinio
del Ayuntamiento de Madrid, de otros ayuntamientos de la sierra madrileña, de
empresas privadas y de entidades culturales.

Ya
cumplidos los cincuenta años, por fin y de forma fortuita, descubro a Kuno
Küster, artista alemán que encabeza el movimiento artístico neobarroco. Su
experiencia en el mundo del arte y de la cultura se me antoja paralela a la
mía. Deseo con toda ilusión y humildad poder contactar con él y establecer un
vínculo de comunicación, además de adherirme a su proyecto y a su manifiesto
neobarroco.

He
retomado el consejo de Ortega Muñoz "sobre la patata en el plato blanco" y
pinto bodegones metafísicos, imparto clases y doy conferencias y "mesas
redondas" sobre la pintura en la "Realidad fantástica". He comenzado a sembrar
un monte de los Pirineos catalanes de esculturas monumentales en piedra y
hormigón; elaboro el mural de treinta y cinco metros, fragmentado en piezas
individuales de dos y tres metros para formar un todo indivisible que contará
la historia de la Piedra y del Dispersador de las Piedras, del Antagonista y
del Oyente cósmico. ¿Acaso todo ésto no es Neobarroquismo? No hay plagio en mis
proyectos ni en mi pensamiento pero sí, y lo confieso, una gran Babel de
lecturas, observaciones, credos, vivencias ajenas tomadas por propias,
obsesiones, traumas, malos aprendizajes e indisciplinas plásticas, nostalgias,
fantasías y esperanzas.
Y
con mi confesión, el agradecimiento a todos los que ejercieron influencia, para
bien o para mal en mi filosofía: Kant, Nieztche, Kafka, Bakunin, Rembrandth,
Bergier, Papini, Nolde, Mum, Giacometti, mi madre, Kokosotka, kandinsky,
Voltaire, Ortega y Gasset, Pauwels, Colmenarejo, Zobel, mi padre, Einstein, mi
mujer y mis hijos. Y Godofredo Ortega y Muñoz y su patata en un plato.